Julián Alejandro López de Mesa Samudio

Abogado. Ha realizado estudios en Literatura e Historia. Fue miembro del Consejo Editorial de la revista La Letra de Bogotá, de la que también fue el editor encargado de la sección de literatura. Ha traducido textos de escritores hispanoamericanos.

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Cuento

El Terror de Nishapur 

Los ejércitos se hallan diezmados, los hombres han perdido el valor y las mujeres se arañan los rostros desesperadas. La invisible bruma de la desolación y el miedo se levanta amenazante en las calles y bazares de la hasta entonces orgullosa ciudad. Abandonada a su suerte, Nishapur, la perla de Oriente, se encuentra sola. Sola para enfrentar lo que le viene encima como un alud. Sola para oponérsele al Gavilán y el Halcón. Sola y desvalida frente a los invencibles ejércitos de Xangri y Toghrul Beg que la acechan acampados bajo sus murallas.

Nishapur es como la liebre en campo abierto vigilada desde lo alto por el ave de presa. Cazador y presa conocen de antemano el destino de aquel encuentro. Y es por esto que el ave juega hasta el final, cruelmente, con el terror creciente de la liebre. No hay escapatoria y ambos lo saben. Las afiladas garras del Halcón y el Gavilán se hundirán profundamente en las tiernas carnes de Nishapur.

Inocente de lo que ocurre a su alrededor, el pequeño Omar juega con sus amigos en los polvorientos arrabales. Nishapur es una ciudad donde la cultura florece por doquier y los niños que juegan en sus calles se entretienen improvisando versos de gran belleza. Este es el juego que más le gusta a Omar, pues en él se destaca sobre todos los demás. A pesar de su cortedad, el pequeño Omar es un prodigio en una ciudad acostumbrada desde hace centurias a tener hijos excepcionales. Capaz de recitar con su melodiosa voz infantil el Corán entero, acentuando magistralmente cada una de sus bellas inflexiones, Omar es el orgullo de su familia. Su padre ve en él a un gran médico que siga la ruta trazada por el gran Ali ibn-Sina, o a un docto jurisconsulto como Izzaz el-Maudir.

Nishapur es una ciudad hermosa y altiva. El espíritu femenino que la nutre se siente en todas partes: desde los dulzones perfumes de los bazares, hasta las caprichosas formas de los altos minaretes. Su clima saludable es sólo comparable con el de Ispahán, y sus melones son los más jugosos y suculentos del mundo entero. En Nishapur la voz del almuecín corta, con la precisión de una hoja afilada, el diáfano aire de la mañana, y los aromas del sándalo, la canela y el azafrán se mezclan deliciosamente en los mercados, donde comerciantes de todo el orbe negocian intensamente. Solamente en Samarcanda, y acaso aún en Bagdad, se pueden hallar gentes y objetos tan singulares como los que se comercian en Nishapur. Mercaderes de Sogdiana cambian su fragante vino especiado por las suaves sedas que los comerciantes chinos exhiben con orgullo; hombres corpulentos y de clara piel, procedentes del Norte remoto, especulan con panales rebosantes de miel, pieles de animales fabulosos y desconocidos en aquellas latitudes, y esclavos de músculos aceitados; pepinos y melones de la región se cambian por exóticas especias y condimentos traídas allí por hombrecillos enjutos y oscuros venidos de las regiones allende el Himalaya. Adustos nestorianos debaten sus ideas con monjes budistas, y los mulahs se complacen en intercambiar opiniones con bizantinos, hindúes y los escasos maniqueos que aun florecen en aquella fantástica ciudad. Por que en Nishapur no sólo se intercambian bienes sino que también se comercia con cosmogonías, metafísica, astronomía, filosofía y música; los saberes de la tierra se condensan en sus muchas madrasas, ermitas, templos, santuarios, iglesias y mezquitas. Al mercado de Nishapur llega el mundo para ser repartido de nuevo en todas las direcciones; es como el sol cuyo brillo ilumina aun las regiones más apartadas y distantes. Esta era Nishapur; una ciudad dichosa y vibrante, hasta la llegada de los turcos Selyuquies.

Los invasores provienen del Este y, como las langostas, han arrasado todo a su paso. Hasta hace muy poco no conocían a Dios y adoraban al lobo y a otras fieras de los bosques y las estepas. Viven en tiendas de fieltro e inmensos rebaños de cabras, ovejas y peludos caballos les acompañan. A pesar de que el Islam pudo penetrar su gruesa y curtida piel, sus enseñanzas aun no han permeado sus duros corazones; adaptan las palabras del Profeta a su antojo y tratan de compaginarlas con sus vidas desenfrenadas y caóticas. Sin embargo, como todo converso, son celosos hasta el fanatismo con muchos de los mandatos del Corán.

Xangri y Toghrul Beg, los dos hermanos que comandan los ejércitos turcos, son obedecidos ciegamente por sus hombres quienes les adoran. A pesar de ser descendientes directos del primer ancestro, Selyuk, han tenido que ganarse sus puestos a pulso, demostrando ser los mejores guerreros, los mejores jinetes y los mejores bebedores de entre todos los hombres. Tanto el Halcón como el Gavilán son militares geniales y la coordinación de sus voluntades al momento de la batalla es pasmosa. La ferocidad en el combate, la destreza al montar, su asombrosa movilidad y la precisión y rapidez de sus embates, han hecho de los Selyuquies enemigos formidables y prácticamente imbatibles. Pero son otras características las que los han hecho tan temidos y odiados: la crueldad e inflexibilidad con los pueblos que conquistan. Quienes no se les someten voluntariamente y sin objeción alguna pueden estar seguros de que no habrá piedad para con ellos si son derrotados. Ciudades enteras han sido reducidas a cenizas tras días de saqueos, violaciones y asesinatos en masa. Una vez una población es tomada por la fuerza, los hombres son recompensados por sus comandantes – quienes también toman parte activa del bacanal – con el pillaje sin control del pueblo reducido.

Rápidamente los rumores de sus depredaciones vuelan en todas las direcciones. Aldeas enteras incendiadas, niños pisoteados bajo los cascos de los caballos, mujeres vejadas brutalmente, ríos de sangre y vino tiñendo las aguas de casi todos los arroyos que serpentean por Sogdiana y Persia.

Al principio nadie hizo mucho caso de estos bárbaros. Los príncipes y gobernadores de las regiones fronterizas estaban acostumbrados a las ocasionales escaramuzas de las tribus salvajes que habitaban el tenebroso Takla Makán; estas incursiones hasta entonces habían sido esporádicas y sin otra consecuencia más que algunos robos y saqueos de escasa importancia. Las tribus cruzaban las fronteras, pillaban, y se internaban de nuevo en el infinito desierto. Sin embargo, esta tribu no se detuvo en su incursión. No se detuvo ni siquiera cuando fue convertida al Islam.

El terror se ha ido adueñando poco a poco del mundo civilizado. Las rutas del comercio se han empezado a cerrar una a una, y en Nishapur se extrañan más y más los mercaderes. Las noticias que llegan a la ciudad son cada vez más espeluznantes y lo peor es que la horda parece marchar en aquella dirección pues se ha propuesto llegar hasta Bagdad.

El pánico atenaza definitivamente todos los corazones de Nishapur un tibio día de primavera al llegar la noticia de la caída de Samarcanda. Las personas no pueden creer que gentes bastas y sin cultura puedan haber tomado tan fácilmente aquella plaza tan bien fortificada; lo que sucedió después, cuando los turcos penetraron en la ciudad, fue tan horrible que nadie en Nishapur se atreve siquiera a mencionarlo en voz alta. Quienes tienen los medios suficientes huyen mientras aun queda tiempo de hacerlo; el éxodo se produce entre lágrimas y lamentos desgarradores. Sin embargo, son más los que se quedan pues todo lo que poseen, todo lo que son, se halla en Nishapur; entre los que deciden quedarse se encuentran Omar y su familia.

El espíritu de Nishapur, hasta entonces tan espontáneo y vivaz, súbitamente se hace grave y asustadizo. Omar y los demás niños intuyen por la afectación general que algo serio ocurre. Sus travesuras ya no son recibidas con una sonrisa indulgente o a lo sumo con un regaño carente de convicción; de la noche a la mañana los adultos se tornan huraños e impacientes descargando con los niños toda su angustia y aflicción. En el hogar, las proezas intelectuales del chico ahora reciben tibias bienvenidas, y no han sido pocas las veces que el niño ha sorprendido en la mirada paterna un destello de incertidumbre por el futuro del hijo amado.

Pronto las peores pesadillas de los habitantes de Nishapur se hacen realidad. Los ejércitos turcos acampan bajo las murallas e inmediatamente han puesto sitio a la ciudad. Ya han enviado a la ciudad sus extravagantes condiciones. La rendición incondicional a cambio de un perdón incierto, se debate hasta altas horas de la madrugada por los notables de la ciudad. ¡Cuántas veces no han incumplido aquellos salvajes sus promesas! La respuesta de Nishapur es valiente pero intrascendente; la negativa a entregar la ciudad sella definitivamente la suerte de miles de personas. Aunque sus murallas son formidables y cuenta con un ejército disciplinado y bien entrenado, el poderío turco es demasiado avasallador como para esperar la derrota selyuquí. Además, a pesar de las promesas y las voces de aliento de los otros príncipes, es dudoso, sino imposible, que Nishapur reciba ayuda externa; las interminables luchas intestinas y el debilitamiento del poder del Califa de Bagdad dejan a Nishapur totalmente desamparada.

Desde que comenzó el sitio ya no le es permitido a Omar salir de su casa a jugar con los otros niños. El rumor de las oraciones se hace constante elevándose poco a poco de las habitaciones de las mujeres, inundando corredores y patios, envolviéndolo todo en una ola suplicante y llena de fé. Solo resta esperar un milagro. ¿Por qué no? ¿Acaso no son muchas las historias que en este sentido circulan por las calles de Nishapur? Ya antes Allah ha protegido a sus fieles en casos similares. Es por esto que durante los primeros días del sitio los murmullos de la plegaria se hacen más fuertes e intensos, elevándose hacia los cielos en un ruego común colmado de devoción. El grito del almuecín llamando a la oración se hace más apasionado, y las mezquitas se atestan de fieles. Y no sólo las mezquitas. Maniqueos, budistas, cristianos, mazdeistas y judíos invocan cada uno a su manera el auxilio divino, uniendo sus voces al ruego general de Nishapur.

Omar lo ve y lo percibe todo con ojos curiosos y asustados. Escapando a menudo de la vigilancia materna, Omar vaga por las calles descubriendo con su alma infantil el verdadero significado del miedo. Lo ve por todas partes. El temor se refleja en todos los rostros, en todas las acciones, en el andar desasosegado de los hombres, en los gritos de las mujeres, en el aullido lastimero de los perros. Omar incluso lo siente en los árboles que súbitamente han perdido el brillo de sus hojas, y en los cantos apesadumbrados de las aves que traen amargos augurios a su delicado espíritu.

Omar corre de un lado para el otro presenciando aquellos cambios sin poder comprenderlos del todo. De los turcos ha escuchado muchas cosas pero jamás los ha visto. Se los imagina como gigantes peludos y de mirada asesina, montados sobre bestias de fauces babeantes y pelos hirsutos.

Conforme el cerco se atiranta, los perros y los gatos empiezan a desaparecer misteriosamente, hasta que un día Omar ya no encuentra ninguno en sus vagabundeos. El sitio ha sido demasiado largo y los turcos se revuelven como lobos rabiosos en sus tiendas, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre.

La víspera de la caída de Nishapur, Omar se logra escabullir entre los hombres que guardan ya sin convicción las murallas, y por una grieta en la pared logra por fin ver al enemigo. Los ejércitos del Halcón y el Gavilán son inmensos y el ruido de sus gritos es ensordecedor. Con sus voces cavernosas emiten blasfemias, amenazas e insultos hacia los defensores, en una lengua gutural y terrible. Sin saber por qué, Omar se ha puesto a temblar. El temor lo ha inmovilizado en aquel sitio y pasan muchas horas antes que el padre desesperado dé por fin con el paradero del muchacho. Su ira se disuelve inmediatamente en el desconsuelo al ver el semblante desencajado de su aterrorizado hijo. A ninguno de los dos le queda fuerzas para nada. El niño lo ha comprendido por fin y el padre sabe que sea lo que sea que el destino le depare a su hijo, aquella experiencia marcará dolorosamente y para siempre su vida.

De camino hacia la casa, tomados de la mano, los dos lloran en silencio.

Los turcos entran en la ciudad acechantes, entre los lamentos de las mujeres y los ancianos. Sin embargo, la rapiña extrañamente no se produce. Los soldados turcos miran con ojos llenos de codicia la munificencia de Nishapur, pero ninguno se atreve a desobedecer las órdenes de sus jefes. Los emisarios de Nishapur han logrado convencer a Xangri Beg de que el Ramadán, que aquel funesto día ha comenzado, tiene que ser respetado. El Halcón y el Gavilán entonces se han encerrado durante horas en la tienda del mayor de los hermanos. Los dos bandos enmudecieron mientras los dos hermanos debatían violentamente la suerte de la ciudad. Imprecaciones e insultos provenientes de la tienda se alcanzaron a escuchar aun en las murallas, mientras Toghrul argumentaba acaloradamente con su hermano que sus hombres merecían aquel codiciado botín. Finalmente Toghrul Beg ha cedido de mala gana y a Nishapur se le conceden treinta días adicionales mientras pasa el mes sagrado.

En Nishapur no hay celebración alguna por esta concesión que lo único que hace es dilatar lo inevitable, prolongar por un mes el sufrimiento y la angustia. La esperanza se ha perdido y ahora sólo queda la espera.

Nishapur es una ciudad condenada y lo más dramático, lo más horrible, es el conocimiento previo de la terrible suerte que le depara el futuro. La angustiante espera mezclada con la certidumbre de un final siniestro, atormenta peor que cualquier martirio, que cualquier tortura, el espíritu del hombre. Ninguna voluntad, por fuerte que sea, deja de quebrarse ante la certeza de una muerte espantosa precedida de innombrables vejaciones. Y la expectativa, el tiempo que pasa lento, inexorable, desdeñoso e indiferente ante los temores de los hombres, contribuye no poco a alterar las personalidades.

La agitación y angustia previas a la entrada de los turcos en la ciudad, se han transformado en histeria colectiva. Las personas, intuyendo la catástrofe, han empezado a actuar de manera errática. Los efectos del terror son nocivos y extraños. Hombres que hasta entonces exhibían un carácter resoluto, lloran sin motivo aparente; espíritus mezquinos de repente se tornan abiertos y derrochadores; los cobardes crecen y se hacen intrépidos; los taciturnos ahondan su introspección hasta rozar la demencia; los temerarios se vuelven medrosos y asustadizos. El terror de Nishapur es como un poderoso narcótico y sus consecuencias sobre las voluntades son funestas.

Conforme los días se suceden y el final del plazo se va acercando, la tensión se hace insoportable. Omar presencia aterrado las primeras escenas de desenfreno de quienes ya no tienen nada que perder. Al igual que los comedores de hashish, quienes sumergidos en sus alucinaciones son capaces de cualquier crimen, los habitantes de Nishapur pierden todo recato, las barreras morales se derrumban. Las inhibiciones naturales son diluidas por el pánico dando rienda suelta a oscuros e inconfesables deseos y vicios. Los fervientes devotos de ayer hoy abjuran en público; las mujeres recatadas y frágiles se han vuelto de la noche a la mañana harpías de risa vulgar y audacias inverosímiles.

Nadie escapa al terror.

Los turcos se deleitan con el efecto que producen y no se abstienen de hacerle saber a sus futuras víctimas lo que les espera entre sus garras. Muchos suicidios se presentan. Se empiezan a escuchar historias de padres desesperados quienes a puñaladas liberan a sus familias de aquel destino antes de degollarse ellos mismos; de mujeres insomnes de pupilas dilatadas que se entregan voluntariamente al enemigo para acabar de una vez por todas con aquella intolerable congoja; de excesos etílicos que terminan en espantosas muertes.

Lo que nadie sabe es que Xangri Beg está cansado de todo aquello. Que las palabras del Profeta han calado hondamente en su conciencia y que la pesadumbre se adueña de él cada vez que ve los hermosos jardines, los soberbios edificios, los frutos maduros que doblan los árboles bajo su peso, y piensa que el ayuno sagrado terminará por siempre con toda aquella riqueza y suntuosidad.

Xangri Beg ha decidido salvar a Nishapur de su horrible destino.

Ha sido seducido por el esplendor y la belleza. Su alma carga dentro de sí la sabiduría milenaria de su pueblo y es lo suficientemente abierta como para dejarse penetrar por todo lo que hay de sublime en el mundo. Es este uno de los rasgos que distinguen a los grandes hombres: la capacidad que tienen para reflexionar sobre su entorno, para apresar al vuelo los signos fugaces de la verdadera eternidad, para arrobarse aún con todo lo que hay de hermoso y glorioso en el mundo; la capacidad de ser humildes con el poder que la fortuna les ha entregado mostrando uno de los rasgos más bellos y nobles del ser humano: la magnanimidad.

Faltando unas cuantas horas para el vencimiento del plazo, Xangri se encara por fin con su hermano ante la mirada atónita de los generales y comandantes. Toghrul no está dispuesto a dejar a sus hombres sin recompensa por tan difícil conquista. Los hermanos se insultan y recriminan mutuamente y pronto ruedan por el suelo enzarzados en una violenta pelea. Los hombres observan respetuosamente a los hermanos que se golpean viciosamente; nadie se atreve a intervenir. No es la primera vez que el Halcón y el Gavilán solucionan de esta manera sus diferencias. Pasan los minutos y los hermanos ensangrentados continúan golpeándose sin misericordia. De repente, Xangri saca la daga que tiene escondida entre el cinto; un estremecimiento recorre las filas turcas. Los hermanos nunca han llegado tan lejos. Toghrul es un valiente y espera la cuchillada con todos los sentidos alerta. Sin embargo, Xangri no ha venido a asesinar a su hermano. Con resolución se pone la punta de la daga contra su propio corazón mientras le grita a su hermano que si no accede a perdonar a Nishapur acabará con su propia vida. El recio Toghrul tiene los ojos vidriosos por la emoción. El sentimiento que le une a su hermano es muy grande.

El milagro se ha producido.

Nishapur se ha salvado.

Los dos hermanos se funden en un abrazo fraterno dejando correr sin vergüenza lágrimas que sellan su reconciliación.

Omar Kayyam crecerá para convertirse en uno de los poetas más grandes de Persia. Su apasionante vida le llevará desde Samarcanda hasta Bagdad; estará en Ispahán y a través del desierto de Dasht-e Kavir llegará a Shiraz donde los dulces vinos le harán escribir algunas de las líneas más apasionantes de su famosa Rubiyata; conocerá al poderoso visir Nizam el-Mulk y a Hassan Ben Sabbah, siniestro fundador de la secta de los Asesinos. Sin embargo, la honda impresión, el sentimiento de terror experimentado durante su infancia no le abandonará jamás. Embrujará muchas de sus noches con horrendas pesadillas de aquellos días. Innumerables francachelas se tornarán sombrías al recordar en una risotada, en algún exceso, en algún grito destemplado, los horrores de aquel Ramadán en Nishapur. Destellos de esta carga matizarán toda su obra haciéndola aún más hermosa y a la vez más inquietante. La marca que su padre viera en su semblante aquel día lejano, la víspera de la caída de Nishapur, no se borrará jamás.

Tales son los efectos del terror.

 



 
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