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Cuento
El Terror de Nishapur
Los
ejércitos se hallan diezmados, los hombres han perdido el valor
y las mujeres se arañan los rostros desesperadas. La invisible
bruma de la desolación y el miedo se levanta amenazante en las
calles y bazares de la hasta entonces orgullosa ciudad.
Abandonada a su suerte, Nishapur, la perla de Oriente, se
encuentra sola. Sola para enfrentar lo que le viene encima como
un alud. Sola para oponérsele al Gavilán y el Halcón. Sola y
desvalida frente a los invencibles ejércitos de Xangri y Toghrul
Beg que la acechan acampados bajo sus murallas.
Nishapur es como la liebre en campo abierto vigilada desde lo
alto por el ave de presa. Cazador y presa conocen de antemano el
destino de aquel encuentro. Y es por esto que el ave juega hasta
el final, cruelmente, con el terror creciente de la liebre. No
hay escapatoria y ambos lo saben. Las afiladas garras del Halcón
y el Gavilán se hundirán profundamente en las tiernas carnes de
Nishapur.
Inocente de lo que ocurre a su alrededor, el pequeño Omar juega
con sus amigos en los polvorientos arrabales. Nishapur es una
ciudad donde la cultura florece por doquier y los niños que
juegan en sus calles se entretienen improvisando versos de gran
belleza. Este es el juego que más le gusta a Omar, pues en él se
destaca sobre todos los demás. A pesar de su cortedad, el
pequeño Omar es un prodigio en una ciudad acostumbrada desde
hace centurias a tener hijos excepcionales. Capaz de recitar con
su melodiosa voz infantil el Corán entero, acentuando
magistralmente cada una de sus bellas inflexiones, Omar es el
orgullo de su familia. Su padre ve en él a un gran médico que
siga la ruta trazada por el gran Ali ibn-Sina, o a un docto
jurisconsulto como Izzaz el-Maudir.
Nishapur es una ciudad hermosa y altiva. El espíritu femenino
que la nutre se siente en todas partes: desde los dulzones
perfumes de los bazares, hasta las caprichosas formas de los
altos minaretes. Su clima saludable es sólo comparable con el de
Ispahán, y sus melones son los más jugosos y suculentos del
mundo entero. En Nishapur la voz del almuecín corta, con la
precisión de una hoja afilada, el diáfano aire de la mañana, y
los aromas del sándalo, la canela y el azafrán se mezclan
deliciosamente en los mercados, donde comerciantes de todo el
orbe negocian intensamente. Solamente en Samarcanda, y acaso aún
en Bagdad, se pueden hallar gentes y objetos tan singulares como
los que se comercian en Nishapur. Mercaderes de Sogdiana cambian
su fragante vino especiado por las suaves sedas que los
comerciantes chinos exhiben con orgullo; hombres corpulentos y
de clara piel, procedentes del Norte remoto, especulan con
panales rebosantes de miel, pieles de animales fabulosos y
desconocidos en aquellas latitudes, y esclavos de músculos
aceitados; pepinos y melones de la región se cambian por
exóticas especias y condimentos traídas allí por hombrecillos
enjutos y oscuros venidos de las regiones allende el Himalaya.
Adustos nestorianos debaten sus ideas con monjes budistas, y los
mulahs se complacen en intercambiar opiniones con bizantinos,
hindúes y los escasos maniqueos que aun florecen en aquella
fantástica ciudad. Por que en Nishapur no sólo se intercambian
bienes sino que también se comercia con cosmogonías, metafísica,
astronomía, filosofía y música; los saberes de la tierra se
condensan en sus muchas madrasas, ermitas, templos, santuarios,
iglesias y mezquitas. Al mercado de Nishapur llega el mundo para
ser repartido de nuevo en todas las direcciones; es como el sol
cuyo brillo ilumina aun las regiones más apartadas y distantes.
Esta era Nishapur; una ciudad dichosa y vibrante, hasta la
llegada de los turcos Selyuquies.
Los
invasores provienen del Este y, como las langostas, han arrasado
todo a su paso. Hasta hace muy poco no conocían a Dios y
adoraban al lobo y a otras fieras de los bosques y las estepas.
Viven en tiendas de fieltro e inmensos rebaños de cabras, ovejas
y peludos caballos les acompañan. A pesar de que el Islam pudo
penetrar su gruesa y curtida piel, sus enseñanzas aun no han
permeado sus duros corazones; adaptan las palabras del Profeta a
su antojo y tratan de compaginarlas con sus vidas desenfrenadas
y caóticas. Sin embargo, como todo converso, son celosos hasta
el fanatismo con muchos de los mandatos del Corán.
Xangri
y Toghrul Beg, los dos hermanos que comandan los ejércitos
turcos, son obedecidos ciegamente por sus hombres quienes les
adoran. A pesar de ser descendientes directos del primer
ancestro, Selyuk, han tenido que ganarse sus puestos a pulso,
demostrando ser los mejores guerreros, los mejores jinetes y los
mejores bebedores de entre todos los hombres. Tanto el Halcón
como el Gavilán son militares geniales y la coordinación de sus
voluntades al momento de la batalla es pasmosa. La ferocidad en
el combate, la destreza al montar, su asombrosa movilidad y la
precisión y rapidez de sus embates, han hecho de los Selyuquies
enemigos formidables y prácticamente imbatibles. Pero son otras
características las que los han hecho tan temidos y odiados: la
crueldad e inflexibilidad con los pueblos que conquistan.
Quienes no se les someten voluntariamente y sin objeción alguna
pueden estar seguros de que no habrá piedad para con ellos si
son derrotados. Ciudades enteras han sido reducidas a cenizas
tras días de saqueos, violaciones y asesinatos en masa. Una vez
una población es tomada por la fuerza, los hombres son
recompensados por sus comandantes – quienes también toman parte
activa del bacanal – con el pillaje sin control del pueblo
reducido.
Rápidamente los rumores de sus depredaciones vuelan en todas las
direcciones. Aldeas enteras incendiadas, niños pisoteados bajo
los cascos de los caballos, mujeres vejadas brutalmente, ríos de
sangre y vino tiñendo las aguas de casi todos los arroyos que
serpentean por Sogdiana y Persia.
Al
principio nadie hizo mucho caso de estos bárbaros. Los príncipes
y gobernadores de las regiones fronterizas estaban acostumbrados
a las ocasionales escaramuzas de las tribus salvajes que
habitaban el tenebroso Takla Makán; estas incursiones hasta
entonces habían sido esporádicas y sin otra consecuencia más que
algunos robos y saqueos de escasa importancia. Las tribus
cruzaban las fronteras, pillaban, y se internaban de nuevo en el
infinito desierto. Sin embargo, esta tribu no se detuvo en su
incursión. No se detuvo ni siquiera cuando fue convertida al
Islam.
El
terror se ha ido adueñando poco a poco del mundo civilizado. Las
rutas del comercio se han empezado a cerrar una a una, y en
Nishapur se extrañan más y más los mercaderes. Las noticias que
llegan a la ciudad son cada vez más espeluznantes y lo peor es
que la horda parece marchar en aquella dirección pues se ha
propuesto llegar hasta Bagdad.
El
pánico atenaza definitivamente todos los corazones de Nishapur
un tibio día de primavera al llegar la noticia de la caída de
Samarcanda. Las personas no pueden creer que gentes bastas y sin
cultura puedan haber tomado tan fácilmente aquella plaza tan
bien fortificada; lo que sucedió después, cuando los turcos
penetraron en la ciudad, fue tan horrible que nadie en Nishapur
se atreve siquiera a mencionarlo en voz alta. Quienes tienen los
medios suficientes huyen mientras aun queda tiempo de hacerlo;
el éxodo se produce entre lágrimas y lamentos desgarradores. Sin
embargo, son más los que se quedan pues todo lo que poseen, todo
lo que son, se halla en Nishapur; entre los que deciden quedarse
se encuentran Omar y su familia.
El
espíritu de Nishapur, hasta entonces tan espontáneo y vivaz,
súbitamente se hace grave y asustadizo. Omar y los demás niños
intuyen por la afectación general que algo serio ocurre. Sus
travesuras ya no son recibidas con una sonrisa indulgente o a lo
sumo con un regaño carente de convicción; de la noche a la
mañana los adultos se tornan huraños e impacientes descargando
con los niños toda su angustia y aflicción. En el hogar, las
proezas intelectuales del chico ahora reciben tibias
bienvenidas, y no han sido pocas las veces que el niño ha
sorprendido en la mirada paterna un destello de incertidumbre
por el futuro del hijo amado.
Pronto
las peores pesadillas de los habitantes de Nishapur se hacen
realidad. Los ejércitos turcos acampan bajo las murallas e
inmediatamente han puesto sitio a la ciudad. Ya han enviado a la
ciudad sus extravagantes condiciones. La rendición incondicional
a cambio de un perdón incierto, se debate hasta altas horas de
la madrugada por los notables de la ciudad. ¡Cuántas veces no
han incumplido aquellos salvajes sus promesas! La respuesta de
Nishapur es valiente pero intrascendente; la negativa a entregar
la ciudad sella definitivamente la suerte de miles de personas.
Aunque sus murallas son formidables y cuenta con un ejército
disciplinado y bien entrenado, el poderío turco es demasiado
avasallador como para esperar la derrota selyuquí. Además, a
pesar de las promesas y las voces de aliento de los otros
príncipes, es dudoso, sino imposible, que Nishapur reciba ayuda
externa; las interminables luchas intestinas y el debilitamiento
del poder del Califa de Bagdad dejan a Nishapur totalmente
desamparada.
Desde
que comenzó el sitio ya no le es permitido a Omar salir de su
casa a jugar con los otros niños. El rumor de las oraciones se
hace constante elevándose poco a poco de las habitaciones de las
mujeres, inundando corredores y patios, envolviéndolo todo en
una ola suplicante y llena de fé. Solo resta esperar un milagro.
¿Por qué no? ¿Acaso no son muchas las historias que en este
sentido circulan por las calles de Nishapur? Ya antes Allah ha
protegido a sus fieles en casos similares. Es por esto que
durante los primeros días del sitio los murmullos de la plegaria
se hacen más fuertes e intensos, elevándose hacia los cielos en
un ruego común colmado de devoción. El grito del almuecín
llamando a la oración se hace más apasionado, y las mezquitas se
atestan de fieles. Y no sólo las mezquitas. Maniqueos, budistas,
cristianos, mazdeistas y judíos invocan cada uno a su manera el
auxilio divino, uniendo sus voces al ruego general de Nishapur.
Omar lo
ve y lo percibe todo con ojos curiosos y asustados. Escapando a
menudo de la vigilancia materna, Omar vaga por las calles
descubriendo con su alma infantil el verdadero significado del
miedo. Lo ve por todas partes. El temor se refleja en todos los
rostros, en todas las acciones, en el andar desasosegado de los
hombres, en los gritos de las mujeres, en el aullido lastimero
de los perros. Omar incluso lo siente en los árboles que
súbitamente han perdido el brillo de sus hojas, y en los cantos
apesadumbrados de las aves que traen amargos augurios a su
delicado espíritu.
Omar
corre de un lado para el otro presenciando aquellos cambios sin
poder comprenderlos del todo. De los turcos ha escuchado muchas
cosas pero jamás los ha visto. Se los imagina como gigantes
peludos y de mirada asesina, montados sobre bestias de fauces
babeantes y pelos hirsutos.
Conforme el cerco se atiranta, los perros y los gatos empiezan a
desaparecer misteriosamente, hasta que un día Omar ya no
encuentra ninguno en sus vagabundeos. El sitio ha sido demasiado
largo y los turcos se revuelven como lobos rabiosos en sus
tiendas, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre.
La
víspera de la caída de Nishapur, Omar se logra escabullir entre
los hombres que guardan ya sin convicción las murallas, y por
una grieta en la pared logra por fin ver al enemigo. Los
ejércitos del Halcón y el Gavilán son inmensos y el ruido de sus
gritos es ensordecedor. Con sus voces cavernosas emiten
blasfemias, amenazas e insultos hacia los defensores, en una
lengua gutural y terrible. Sin saber por qué, Omar se ha puesto
a temblar. El temor lo ha inmovilizado en aquel sitio y pasan
muchas horas antes que el padre desesperado dé por fin con el
paradero del muchacho. Su ira se disuelve inmediatamente en el
desconsuelo al ver el semblante desencajado de su aterrorizado
hijo. A ninguno de los dos le queda fuerzas para nada. El niño
lo ha comprendido por fin y el padre sabe que sea lo que sea que
el destino le depare a su hijo, aquella experiencia marcará
dolorosamente y para siempre su vida.
De
camino hacia la casa, tomados de la mano, los dos lloran en
silencio.
Los
turcos entran en la ciudad acechantes, entre los lamentos de las
mujeres y los ancianos. Sin embargo, la rapiña extrañamente no
se produce. Los soldados turcos miran con ojos llenos de codicia
la munificencia de Nishapur, pero ninguno se atreve a
desobedecer las órdenes de sus jefes. Los emisarios de Nishapur
han logrado convencer a Xangri Beg de que el Ramadán, que aquel
funesto día ha comenzado, tiene que ser respetado. El Halcón y
el Gavilán entonces se han encerrado durante horas en la tienda
del mayor de los hermanos. Los dos bandos enmudecieron mientras
los dos hermanos debatían violentamente la suerte de la ciudad.
Imprecaciones e insultos provenientes de la tienda se alcanzaron
a escuchar aun en las murallas, mientras Toghrul argumentaba
acaloradamente con su hermano que sus hombres merecían aquel
codiciado botín. Finalmente Toghrul Beg ha cedido de mala gana y
a Nishapur se le conceden treinta días adicionales mientras pasa
el mes sagrado.
En
Nishapur no hay celebración alguna por esta concesión que lo
único que hace es dilatar lo inevitable, prolongar por un mes el
sufrimiento y la angustia. La esperanza se ha perdido y ahora
sólo queda la espera.
Nishapur es una ciudad condenada y lo más dramático, lo más
horrible, es el conocimiento previo de la terrible suerte que le
depara el futuro. La angustiante espera mezclada con la
certidumbre de un final siniestro, atormenta peor que cualquier
martirio, que cualquier tortura, el espíritu del hombre. Ninguna
voluntad, por fuerte que sea, deja de quebrarse ante la certeza
de una muerte espantosa precedida de innombrables vejaciones. Y
la expectativa, el tiempo que pasa lento, inexorable, desdeñoso
e indiferente ante los temores de los hombres, contribuye no
poco a alterar las personalidades.
La
agitación y angustia previas a la entrada de los turcos en la
ciudad, se han transformado en histeria colectiva. Las personas,
intuyendo la catástrofe, han empezado a actuar de manera
errática. Los efectos del terror son nocivos y extraños. Hombres
que hasta entonces exhibían un carácter resoluto, lloran sin
motivo aparente; espíritus mezquinos de repente se tornan
abiertos y derrochadores; los cobardes crecen y se hacen
intrépidos; los taciturnos ahondan su introspección hasta rozar
la demencia; los temerarios se vuelven medrosos y asustadizos.
El terror de Nishapur es como un poderoso narcótico y sus
consecuencias sobre las voluntades son funestas.
Conforme los días se suceden y el final del plazo se va
acercando, la tensión se hace insoportable. Omar presencia
aterrado las primeras escenas de desenfreno de quienes ya no
tienen nada que perder. Al igual que los comedores de hashish,
quienes sumergidos en sus alucinaciones son capaces de cualquier
crimen, los habitantes de Nishapur pierden todo recato, las
barreras morales se derrumban. Las inhibiciones naturales son
diluidas por el pánico dando rienda suelta a oscuros e
inconfesables deseos y vicios. Los fervientes devotos de ayer
hoy abjuran en público; las mujeres recatadas y frágiles se han
vuelto de la noche a la mañana harpías de risa vulgar y audacias
inverosímiles.
Nadie
escapa al terror.
Los
turcos se deleitan con el efecto que producen y no se abstienen
de hacerle saber a sus futuras víctimas lo que les espera entre
sus garras. Muchos suicidios se presentan. Se empiezan a
escuchar historias de padres desesperados quienes a puñaladas
liberan a sus familias de aquel destino antes de degollarse
ellos mismos; de mujeres insomnes de pupilas dilatadas que se
entregan voluntariamente al enemigo para acabar de una vez por
todas con aquella intolerable congoja; de excesos etílicos que
terminan en espantosas muertes.
Lo que
nadie sabe es que Xangri Beg está cansado de todo aquello. Que
las palabras del Profeta han calado hondamente en su conciencia
y que la pesadumbre se adueña de él cada vez que ve los hermosos
jardines, los soberbios edificios, los frutos maduros que doblan
los árboles bajo su peso, y piensa que el ayuno sagrado
terminará por siempre con toda aquella riqueza y suntuosidad.
Xangri
Beg ha decidido salvar a Nishapur de su horrible destino.
Ha sido
seducido por el esplendor y la belleza. Su alma carga dentro de
sí la sabiduría milenaria de su pueblo y es lo suficientemente
abierta como para dejarse penetrar por todo lo que hay de
sublime en el mundo. Es este uno de los rasgos que distinguen a
los grandes hombres: la capacidad que tienen para reflexionar
sobre su entorno, para apresar al vuelo los signos fugaces de la
verdadera eternidad, para arrobarse aún con todo lo que hay de
hermoso y glorioso en el mundo; la capacidad de ser humildes con
el poder que la fortuna les ha entregado mostrando uno de los
rasgos más bellos y nobles del ser humano: la magnanimidad.
Faltando unas cuantas horas para el vencimiento del plazo,
Xangri se encara por fin con su hermano ante la mirada atónita
de los generales y comandantes. Toghrul no está dispuesto a
dejar a sus hombres sin recompensa por tan difícil conquista.
Los hermanos se insultan y recriminan mutuamente y pronto ruedan
por el suelo enzarzados en una violenta pelea. Los hombres
observan respetuosamente a los hermanos que se golpean
viciosamente; nadie se atreve a intervenir. No es la primera vez
que el Halcón y el Gavilán solucionan de esta manera sus
diferencias. Pasan los minutos y los hermanos ensangrentados
continúan golpeándose sin misericordia. De repente, Xangri saca
la daga que tiene escondida entre el cinto; un estremecimiento
recorre las filas turcas. Los hermanos nunca han llegado tan
lejos. Toghrul es un valiente y espera la cuchillada con todos
los sentidos alerta. Sin embargo, Xangri no ha venido a asesinar
a su hermano. Con resolución se pone la punta de la daga contra
su propio corazón mientras le grita a su hermano que si no
accede a perdonar a Nishapur acabará con su propia vida. El
recio Toghrul tiene los ojos vidriosos por la emoción. El
sentimiento que le une a su hermano es muy grande.
El
milagro se ha producido.
Nishapur se ha salvado.
Los dos
hermanos se funden en un abrazo fraterno dejando correr sin
vergüenza lágrimas que sellan su reconciliación.
Omar
Kayyam crecerá para convertirse en uno de los poetas más grandes
de Persia. Su apasionante vida le llevará desde Samarcanda hasta
Bagdad; estará en Ispahán y a través del desierto de Dasht-e
Kavir llegará a Shiraz donde los dulces vinos le harán escribir
algunas de las líneas más apasionantes de su famosa Rubiyata;
conocerá al poderoso visir Nizam el-Mulk y a Hassan Ben Sabbah,
siniestro fundador de la secta de los Asesinos. Sin embargo, la
honda impresión, el sentimiento de terror experimentado durante
su infancia no le abandonará jamás. Embrujará muchas de sus
noches con horrendas pesadillas de aquellos días. Innumerables
francachelas se tornarán sombrías al recordar en una risotada,
en algún exceso, en algún grito destemplado, los horrores de
aquel Ramadán en Nishapur. Destellos de esta carga matizarán
toda su obra haciéndola aún más hermosa y a la vez más
inquietante. La marca que su padre viera en su semblante aquel
día lejano, la víspera de la caída de Nishapur, no se borrará
jamás.
Tales
son los efectos del terror.
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