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INAUGURACIÓN

El arte - como la religión - es como el mitológico Fénix: vuelve a renacer siempre de sus propias cenizas.

Ya no construimos - ni frecuentamos siquiera - grandes catedrales; ni pequeñas. Ya no decoramos soberbiamente Capillas Sixtinas en el siglo XXI. Ningún nuevo Da Vinci intenta plasmar una obra maestra con una Última Cena como motivo de inspiración mayor.

Hoy día la sociedad es incapaz de poner prioritariamente sobre el candelero de lo material la leve  llama de lo trascendental. Estamos siendo enteramente sumergidos por la vorágine del materialismo, de lo inmediato, y por ende, de lo perecedero. Todo está supeditado a la rentabilidad, económica sobre todo.  El arte, como la religión, no da de por sí mismo de comer al cuerpo. Aunque sí sea lo que más y más intensamente nutre el alma. Y, contrariamente a las victuallas perecederas que no pueden nutrir más que una persona a la vez, después de lo cual dejan de existir, el arte - como la religión - lejos de mermarse cuando se consume, aumenta y se multiplica de una generación a la otra. No existe en el mundo animal racional mejor levadura (sería bueno estudiar la etimología de este vocablo, por lo de levar... levantar).        

Esto dicho, en Gatineau acabamos de demostrar que el arte renace cíclicamente de sus cenizas.

¿Desde cuándo en este nuevo gran Gatineau, que se doblega hasta casi quebrarse bajo el peso de la materialidad de la economía administrativa, se había procedido a invertir en una auténtica  realización mayor de arte público? El inmortal Fénix ha vuelto a venir a poner uno de sus huevos en el remozado cruce de dos grandes arterias gatinenses: Bulevar Maisonneuve, bulevar Sacré-Coeur.

He tenido el honor de ser invitado para este 25 de enero, a la inauguración de una obra mayor de arte público en Gatineau. A las cuatro de la tarde. Bajo temperaturas de menos veinte grados (- 20). Al aire libre. Sobre la alfombra natural de nieve bajo los pies; bajo un sol anémico, mortecino, crepuscular. Frente a unas autoridades municipales orgullosas de esa su nueva  hazaña cultural; magulladas y contusionadas por las virulentas críticas de multitud de sus ciudadanos pertenecientes a la generación "sanchopancista" en que estamos condenados a vivir.

Nunca encontré los discursos oficiales tan largos como en este frío atardecer del peor mes del invierno canadiense. El orgullo de los concejales concernidos siendo mayor que su sentido común,  no han acortado de un ápice - a causa del frío espeluznante - las peroratas que alguien les había redactado de antemano. Nosotros, los invitados, durante esa media hora de frío mortal, ofrecíamos un aspecto marciano teníendo los hombros a la misma altura que la coronilla de la cabeza... Ellos, los conferenciantes, debían quitarse las manoplas a cada vez, para poder girar las páginas, una a una, de sus apuntes. Por momentos se hubiera dicho que hasta sus frases salían cuarteadas por el frío. 

Nunca había yo aplaudido tanto ni tan fuerte al final de un discurso. Excelente manera de calentarse las manos. Mis pies estuvieron aplaudiendo sobre la nieve todo el tiempo que duraron las peroratas.

Premio de consolación: Se había previsto la cercanía de un resto-café para que fuéramos a brindar y a comer en honor de esta efemérides, vuelta esporádica de lo espiritual en nuestra dura generación pagana. No creo que fue la compasión de cara al frío que habíamos pasado pero la especie de champán no estaba tan helado como hubiera sido de esperar para el consumo de una Blanquette de Limoux.  

En cuanto a la obra inaugurada, una especie de bosque artificial compuesto por 65 postes plantados en el suelo, ha sido muy criticada por el vulgo.

Es verdad que esa obra forma parte de la concepción actual del arte en el que hay, peligrosamente, más concepción que... arte; mucho simbolismo y menos lenguaje. Constelaciones por... ideas interpuestas  Dicho de otro modo: su enciso se debe más a la originalidad, a la búsqueda - que no siempre y desgraciadamente al descubrimiento - de lo inédito. Sus partidarios pretenden que esos intríngulis "nos hacen reflexionar". Y es verdad que esa tendencia baña en el arte de tipo conceptual donde una cierta lógica puede llegar a ahogar la emoción. Pero el arte no existe para hacernos reflexionar sino más bien para hacernos gozar. No es un estudiar, sino un contemplar. No se trata de cocinar un plato laboriosa y colectivamente, sino de saborearlo gratuita y personalmente. Si de reflexionar se tratase, sólo los grandes coeficientes intelectuales podrían producir y disfrutar del arte. Y sabemos que - afortunadamente - no es así.

De hecho esas tendencias actuales permiten a los menos dotados de la sensibilidad que el arte supone el poder hablar de arte, permitiéndose piruetas puramente intelectuales acerca de las obras; tal como se habla hoy día profusamente de los diferentes orígenes de las uvas que han dado tal o cual vino, sin que quienes así hablan sean necesariamente buenos catadores.  

Y como es natural eso proporciona abundante y fácil dialéctica a artistas improvisados, a público inculto e, incluso, a críticos de arte o a miembros de jurados.

En lo que me concierne he intentado mirar y contemplar nuestra nueva obra monumental (monumental porque es un monumento y porque rellena mucho espacio) bajo el estricto punto de vista plástico. Y en este sentido no me he puesto a lamentar los verdaderos árboles que han tenido que extirpar para reemplazarlos por ese parque de postes metálicos iluminados interiormente por unas lucecitas muy intimistas. Ni he pensado que con ese presupuesto hubieramos podido recubrir muchos baches en la calzada. Todavía menos me he parado a pensar que los bosques no son tan friamente geométricos como el artificial que inauguramos.  Nada de todo eso. Me he entretenido en disfrutar de una vista de conjunto. Con todo lo que ello supone: repeticiones, alternancias, superposiciones, perspectivas, ritmos, llenos y vacíos. Etc. Y bajo estos puntos de vista... no está tan mal.

Jaime Escayola